Lunes 20
Nos levantamos para ver la salida del sol a las 6 de la mañana, cuando todavía es de noche, pero como estamos descansados y nos hemos acomodado al horario australiano, no cuesta esfuerzo, pero nuestro buen gesto no obtiene recompensa, ya que el día está muy nublado y las únicas luces que conseguimos ver son las de un pesquero que faena en la costa. Poco después se pone a llover y ya no lo dejará en toda la mañana.
Hoy tendremos que comer a las doce, pues nos vienen a buscar para retornar a Cairns a la una y media, así que aprovechamos un pequeño receso de la lluvia para dar el último paseo por la playa. Empieza a caer una fina lluvia que no nos cala porque llevamos chubasqueros y así conseguimos llegar hasta el mirador. De vuelta, la lluvia arrecia y se convierte no en tormenta, pero sí en chaparrón tropical, nos vamos refugiando por el margen de la playa debajo de los árboles y aparece Fulvio, que no había venido con nosotros, con dos paraguas en socorro de su amada esposa. La imagen no tiene desperdicio.
Con puntualidad suiza o no sé si aborigen, a la una y media y después de comer nosotros, a él no le he visto comer nunca, llega George con su microbús. Deja a unos y nos recoge a nosotros. Por cierto, encontré los cocos, se quedaron en la entrada de la playa preparados, pero no los llegamos a abrir.
Lo que iba a ser un regreso de dos o tres horas se convirtieron en seis, ya que había paradas incluidas y una excursión en barcaza por un río en busca de cocodrilos.
Después de un cafetito y unas galletas nos montamos en una barcaza en busca del cocodrilo perdido, vimos algún que otro ave y serpiente endémicas y cocodrilos. A pesar de que no hacía sol, que es cuando salen a las orillas, vimos uno relativamente grande y dos crías chapoteando por las orillas. Durante el viaje, George, continuó relatando sus historias, algunas repetidas de las de la ida, aunque en versión diferente... Lo que ya te hace dudar de si realmente sabe tanto, o si es un gran narrador de cuentos.
Por fin llegamos a Cairns como dice Miguel, con el coxis en la nariz y ocupamos la misma habitación que la noche que estuvimos aquí. Sin descansar nos fuimos a buscar el sitio desde donde saldría el barco que al día siguiente nos llevaría a ver la barrera de coral. Cena en el primer sitio medio decente que encontramos ya que había bastante hambre y regreso al hotel.
Nos levantamos para ver la salida del sol a las 6 de la mañana, cuando todavía es de noche, pero como estamos descansados y nos hemos acomodado al horario australiano, no cuesta esfuerzo, pero nuestro buen gesto no obtiene recompensa, ya que el día está muy nublado y las únicas luces que conseguimos ver son las de un pesquero que faena en la costa. Poco después se pone a llover y ya no lo dejará en toda la mañana.
Hoy tendremos que comer a las doce, pues nos vienen a buscar para retornar a Cairns a la una y media, así que aprovechamos un pequeño receso de la lluvia para dar el último paseo por la playa. Empieza a caer una fina lluvia que no nos cala porque llevamos chubasqueros y así conseguimos llegar hasta el mirador. De vuelta, la lluvia arrecia y se convierte no en tormenta, pero sí en chaparrón tropical, nos vamos refugiando por el margen de la playa debajo de los árboles y aparece Fulvio, que no había venido con nosotros, con dos paraguas en socorro de su amada esposa. La imagen no tiene desperdicio.
Con puntualidad suiza o no sé si aborigen, a la una y media y después de comer nosotros, a él no le he visto comer nunca, llega George con su microbús. Deja a unos y nos recoge a nosotros. Por cierto, encontré los cocos, se quedaron en la entrada de la playa preparados, pero no los llegamos a abrir.
Lo que iba a ser un regreso de dos o tres horas se convirtieron en seis, ya que había paradas incluidas y una excursión en barcaza por un río en busca de cocodrilos.
Después de un cafetito y unas galletas nos montamos en una barcaza en busca del cocodrilo perdido, vimos algún que otro ave y serpiente endémicas y cocodrilos. A pesar de que no hacía sol, que es cuando salen a las orillas, vimos uno relativamente grande y dos crías chapoteando por las orillas. Durante el viaje, George, continuó relatando sus historias, algunas repetidas de las de la ida, aunque en versión diferente... Lo que ya te hace dudar de si realmente sabe tanto, o si es un gran narrador de cuentos.
Por fin llegamos a Cairns como dice Miguel, con el coxis en la nariz y ocupamos la misma habitación que la noche que estuvimos aquí. Sin descansar nos fuimos a buscar el sitio desde donde saldría el barco que al día siguiente nos llevaría a ver la barrera de coral. Cena en el primer sitio medio decente que encontramos ya que había bastante hambre y regreso al hotel.
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